Cada 16 de febrero el sector celebra el Día Mundial de la Logística, una fecha que invita a reconocer el trabajo de miles de profesionales que sostienen operaciones complejas en entornos cada vez más difíciles, y recordando lo indispensable del sector para las economías actuales. La jornada sirve además para recordar la evolución de una actividad que ha pasado de ser una función de apoyo a convertirse en un elemento estratégico para todas las empresas.
Es indiscutible que la logística actual exige cuestiones cada vez más recurrentes, como una anticipación constante para gestionar los picos de demanda, absorber todos los cambios de última hora, coordinar múltiples referencias y cumplir ventanas de entrega cada vez más ajustadas forma parte de la rutina diaria. Los equipos operativos tienen hoy día que prever escenarios, redistribuir recursos con rapidez y mantener la continuidad del servicio incluso cuando la planificación inicial se ve alterada.
Y con todo esto, al final se termina por reivindicar con frecuencia el papel de los profesionales como eje central de la eficiencia, incluso en un momento donde la tecnología ha ganado protagonismo. Sistemas de gestión de almacenes, herramientas de análisis predictivo o plataformas de planificación avanzada permiten optimizar flujos y detectar riesgos con antelación. Pero todo esto no tendría valor alguno sin los profesionales. Ninguna solución tecnológica corrige por sí sola una mala organización, una previsión deficiente o una estrategia comercial que tensiona la operativa hasta el límite. Al final, el valor lo tienen las personas, y el resto son herramientas.
El discurso habitual en esta jornada pone el acento en la resiliencia, la flexibilidad y la capacidad de adaptación de los equipos, y sí, son cualidades reales y necesarias, pero conviene plantear una reflexión, aunque esta pueda resultar del todo incómoda: cuando la logística depende en exceso del esfuerzo extraordinario de las personas para compensar ineficiencias estructurales, el problema no es de compromiso, sino de modelo.
La logística es un trabajo colectivo, donde la coordinación entre los actores es la que determina el éxito de las operaciones. Una comunicación deficiente, información incompleta u otro cualquier elemento que distorsione esa coordinación, afecta a todo el sistema. Pero también es cierto que en muchas organizaciones esa coordinación se construye sobre márgenes muy ajustados, plantillas dimensionadas al mínimo y presión constante sobre costes. Se insiste en la necesidad de planes de contingencia sólidos y equipos preparados para afrontar imprevistos, y de forma muy acertada, pero la cuestión es cuántas compañías invierten realmente en diseñar esos planes con profundidad y cuántas confían en resolver las incidencias sobre la marcha. La cultura de la urgencia permanente no puede convertirse en la norma operativa.
El reconocimiento a los profesionales es justo y necesario, no solo en el Día Mundial de la Logística. Sin su conocimiento técnico, capacidad de reacción y compromiso diario, la cadena de suministro no funcionaría, y en consecuencia, ninguna economía del mundo funcionaría. Pero el Día Mundial de la Logística no debería limitarse a una declaración de principios o a mensajes corporativos bienintencionados. La verdadera puesta en valor del sector pasa por revisar procesos, ajustar expectativas comerciales a la realidad operativa y dotar a los equipos de recursos suficientes para trabajar con seguridad y previsibilidad.
Celebrar la logística es legítimo; asumir que su complejidad exige decisiones estructurales más allá del reconocimiento simbólico es el paso que aún queda pendiente al propio sector.
Carlos Zubialde
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