Desde mediados de julio, Ucrania ha lanzado sucesivas oleadas de ataques con drones contra almacenes de Wildberries, el mayor minorista online de Rusia, en lo que constituye ya casi dos decenas de instalaciones golpeadas en apenas un mes. Los ataques se enmarcan en la campaña que Kiev denomina "sanciones de largo alcance", una ofensiva que desde finales de junio combina golpes contra refinerías de petróleo, infraestructura energética y, ahora también, contra la principal plataforma de comercio electrónico del país.
El argumento que esgrime Kiev para justificar estos ataques es que Wildberries contribuye al esfuerzo bélico ruso, comercializando piezas para drones y otro material con aplicación militar. El presidente Volodímir Zelenski ha confirmado personalmente los ataques y ha responsabilizado a la plataforma de facilitar suministros al Ejército ruso. Wildberries y el Kremlin rechazan esa acusación, y Moscú ha calificado los ataques como actos de terrorismo. La propia cadena, sin embargo, sí comercializa productos de uso dual, desde drones civiles de juguete hasta equipamiento de camuflaje para caza o componentes electrónicos cuyos chips podrían tener aplicación en el campo de batalla, un matiz que periodistas que cubren el conflicto sobre el terreno señalan como zona gris difícil de resolver desde fuera.
El coste humano de esta campaña ya es significativo. Solo en un ataque del pasado 4 de agosto contra instalaciones en San Petersburgo, la región de Leningrado y Crimea murieron al menos cinco personas, y días antes otro ataque contra almacenes en las regiones de Moscú y Tambov se saldó con ocho trabajadores fallecidos, varios de ellos migrantes de Asia Central. El coste material se cifra ya en hasta 35.800 millones de rublos, unos 457 millones de dólares, según cálculos de expertos del sector recogidos por medios rusos, una factura que las aseguradoras difícilmente cubrirán en su totalidad, en parte porque Wildberries modificó sus condiciones de servicio apenas once días antes de que comenzaran los ataques, para eximirse de responsabilidad ante mercancía destruida por causas de fuerza mayor, una cláusula que ahora deja a miles de pequeños vendedores sin ninguna compensación por su mercancía perdida.
Lo que revela esta campaña, más allá del propio balance de daños, es hasta qué punto el comercio electrónico y su logística se han convertido en infraestructura crítica de cualquier sociedad contemporánea, tanto como para transformarse en objetivo militar legítimo a ojos de un beligerante. Wildberries no es un cualquiera dentro de la economía rusa, es uno de los mayores empleadores del país y una pieza central del consumo cotidiano de millones de familias, comparable en penetración a lo que Amazon representa en otros mercados. Atacar sus almacenes no solo golpea una hipotética cadena de suministro militar, golpea directamente la capacidad de los ciudadanos rusos de recibir sus compras, la viabilidad de decenas de miles de pequeños vendedores que dependen de la plataforma para llegar a sus clientes, y la percepción de normalidad cotidiana que el comercio electrónico había normalizado incluso en tiempos de guerra.
Ese es, precisamente, el efecto que numerosos analistas atribuyen a la estrategia ucraniana, llevar la guerra a la vida diaria de la población rusa a través de objetivos económicos y logísticos difíciles de defender, del mismo modo que ya lo hace con la infraestructura energética. Un almacén de distribución, a diferencia de una instalación militar, carece de defensa antiaérea, opera con horarios predecibles y concentra en un mismo espacio mercancía, trabajadores y actividad económica, lo que lo convierte en lo que se suele describir como un objetivo blando, difícil de proteger sin comprometer la propia operativa comercial que se pretende defender.
La respuesta de Wildberries ante esta presión sostenida ya apunta a una reorganización de su red logística fuera del alcance de los ataques, con un proyecto de 260.000 metros cuadrados de nuevo espacio de almacenamiento en Kazajistán, cuya construcción se espera completar a principios de 2027. Ese movimiento resume bien la lección que este episodio deja para cualquier operador logístico o de comercio electrónico que opera en un entorno de riesgo geopolítico elevado, la resiliencia de la cadena de suministro ya no se mide solo en términos de eficiencia de costes o velocidad de entrega, sino también en la capacidad de dispersar y proteger la infraestructura física frente a amenazas que hasta hace poco parecían impensables para un sector tradicionalmente considerado civil y ajeno al frente de guerra.
Carlos Zubialde





