El absentismo laboral ha dejado de ser un fenómeno puntual para convertirse en una variable estructural dentro de las empresas de transporte. Los datos más recientes de Randstad confirman una realidad que muchas pymes del sector ya perciben en su operativa diaria: las ausencias no previstas están en niveles elevados y afectan de forma directa a la productividad, a la calidad del servicio y a los costes internos.
Según este análisis, el transporte terrestre y por tubería registra una tasa de absentismo del 6,9%, una cifra que, sin ser la más alta del conjunto de actividades logísticas, resulta especialmente relevante por el tipo de trabajo que concentra. En un sector donde la actividad depende de turnos cerrados, planificación diaria y cumplimiento estricto de rutas y horarios, cada ausencia tiene un impacto inmediato y difícil de absorber.
El problema no es solo cuantitativo, sino operativo. A diferencia de otros sectores, en el transporte la sustitución no siempre es inmediata. La falta de conductores disponibles, los requisitos de formación, las limitaciones legales de tiempos de conducción y descanso o el conocimiento específico de determinadas rutas hacen que cubrir una baja o una ausencia de última hora no sea una tarea sencilla. En muchos casos, la consecuencia directa es la sobrecarga de otros trabajadores, la replanificación forzada de servicios o, directamente, la pérdida de calidad en la entrega.
El contraste con otras actividades del propio ámbito logístico es significativo. El almacenamiento y las actividades anexas al transporte presentan una tasa de absentismo del 8,4%, mientras que las actividades postales y de correos alcanzan el 11%. Aunque estas cifras son superiores, su impacto operativo es distinto, ya que cuentan con mayor margen para reorganizar turnos o redistribuir tareas. En el transporte, cada ausencia suele traducirse en un camión parado o en una ruta comprometida.
Más preocupante aún es que el absentismo empieza a normalizarse como un coste más del sistema. En muchas empresas, especialmente pymes, se asume como inevitable, sin un análisis profundo de sus causas ni de sus efectos a medio plazo. Estrés laboral, envejecimiento de las plantillas, falta de conciliación, condiciones físicas exigentes y una percepción de escaso reconocimiento profesional forman parte de un cóctel que el sector lleva años arrastrando sin abordar de forma estructural.
Desde un punto de vista estratégico, el absentismo no solo encarece la operación, también limita la capacidad de crecimiento. Una empresa que opera constantemente con tensiones de personal tiene menos margen para asumir nuevos contratos, ajustar picos de demanda o mejorar su nivel de servicio. Además, la dependencia de horas extra o de recursos externos acaba erosionando los márgenes en un sector ya de por sí muy ajustado.
Los datos de Randstad no deberían leerse únicamente como una estadística más, sino como una señal de alerta. El absentismo no es un problema de recursos humanos aislado, es una cuestión operativa y de modelo de empresa. Mientras siga tratándose como una consecuencia inevitable del sector y no como un síntoma de desequilibrios más profundos, las empresas de transporte seguirán gestionando el día a día con parches, en lugar de construir estructuras más estables y sostenibles.
Carlos Zubialde
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