Hay anuncios que mueven mercados y hay anuncios que, en el negocio marítimo, se reciben con los brazos cruzados y mucha cautela. Lo que está sucediendo en torno al estrecho de Ormuz pertenece claramente a la segunda categoría. Estados Unidos e Irán han dado señales de que el paso podría reabrirse al tráfico comercial tras semanas de bloqueo, pero las grandes navieras han optado por no mover un solo barco hasta tener algo más que declaraciones.
La situación sobre el terreno explica bastante bien esa prudencia. El secretario de Defensa estadounidense afirmó en rueda de prensa que el estrecho está abierto y que el comercio fluirá, sin más detalles. Pocas horas después, el embajador iraní en Naciones Unidas recordó que todos los preparativos relativos a Ormuz son temporales y están condicionados a las negociaciones en curso. Entre medias, algunos barcos varados en el estrecho habrían recibido amenazas de la Guardia Revolucionaria iraní si intentaban cruzar ese. Es cierto que con ese panorama, es difícil reprocharle a nadie que prefiera esperar a ver que sucede en los próximos días o semanas.
El problema no es solo político, también es, sobre todo, operativo. Según han publicado diversos analistas, la cuestión es que, si demasiados buques intentaran salir al mismo tiempo, el riesgo de colisiones y embarrancamientos sería extremadamente alto, y la estructura de mando militar iraní, severamente dañada tras las últimas semanas de conflicto, puede generar malentendidos entre quienes aprueban los tránsitos y quienes deben ejecutarlos sobre el agua. Nadie ha definido aún con claridad qué condiciones garantizan el paso seguro, si influye el pabellón del buque, si hay algún tipo de peaje informal o simplemente no existe ningún protocolo establecido. Todo son dudas.
Unos 800 barcos permanecerían a la espera en aguas del Golfo Pérsico según cálculos que han publicado diversos medios de forma reciente, una cifra que dice mucho del volumen de carga que lleva semanas paralizado. De ellos, Maersk y Hapag-Lloyd acumulan 10 y 6 portacontenedores respectivamente, los dos gigantes de la Cooperación Géminis, y ninguno tiene intención de moverlos de forma precipitada. Maersk ha sido directa en sus declaraciones públicas: la información disponible es muy limitada y la certidumbre marítima no es completa para implementar cambios en su política para la región. Hapag-Lloyd, por su parte, ha avanzado incluso el orden de prioridades que seguirá cuando el estrecho se abra de verdad: primero evacuar todos sus barcos del Golfo, después reactivar la carga en tránsito, y solo al final evaluar si acepta nuevos pedidos para la zona.
Se calcula que serían necesarias entre seis y ocho semanas para volver a una situación normalizada en costes y servicios en la región, y por descontado, para el resto del mundo, que nos vemos afectados por la situación del bloqueo. Estamos hablando de un plazo importante, y conviene tenerlo en cuenta: la reapertura del estrecho, cuando llegue de forma efectiva, no equivaldrá a la vuelta inmediata a la normalidad, pese a que es lo que todos los ciudadanos podríamos desear. Las navieras llevan semanas absorbiendo sobrecostes, y la reorganización de rutas, la gestión de la carga acumulada y la reactivación gradual de los servicios tomarán tiempo, y suponemos que también nuevos recargos.
Para los cargadores y operadores logísticos que dependen de rutas que atraviesan el Golfo Pérsico, el mensaje es claro: el alto el fuego es una buena noticia, pero no cambia nada de forma inmediata, ni tampoco en un plazo medio si aún se mantiene ese alto el fuego. Las navieras no van a arriesgar flota por una tregua de dos semanas sin garantías técnicas sobre el terreno. La historia reciente del mar Rojo, con meses de desvíos y sobrecostes que todavía no han desaparecido del todo, pesa en cada decisión que se toma, y las navieras miran muy mucho sus costes y márgenes.
Carlos Zubialde






