Un tifón en Shanghái y un río con poca agua en Alemania no parecen tener relación directa, pero ambos están apretando al mismo tiempo la misma cadena de suministro que abastece a España de cara a septiembre.
Los puertos de Shanghái y Ningbo arrastran varias semanas de presión tras el paso del tifón Bavi, con cierres temporales, acumulación de buques y ajustes en las escalas que todavía no se han resuelto por completo. Las operaciones se van recuperando, pero la temporada de tifones sigue activa durante agosto y septiembre, así que el riesgo de nuevas interrupciones no ha desaparecido.
En paralelo, y por motivos completamente distintos, el Rin está obligando a algunos buques a navegar con solo un 15%-20% de su capacidad habitual debido a los bajos niveles del río. Dos causas que no tienen nada que ver entre sí terminan produciendo el mismo efecto: menos capacidad real disponible en la red logística europea.
Lo que hace especialmente delicada esta combinación es que el impacto no se nota de inmediato. Primero aparece como falta de stock, como el retraso de una campaña o como la imposibilidad de cumplir una fecha de entrega prometida. Es una fase silenciosa, que muchas empresas gestionan puertas adentro sin que se perciba desde fuera.
El problema llega después, cuando las escalas se recuperan y varios contenedores acaban concentrándose en pocos días. Ahí la presión cambia de lugar, se traslada al transporte terrestre, a los muelles saturados, a las entradas simultáneas en el almacén y a los pedidos que de repente hay que preparar con urgencia. Y esto coincide, precisamente, con las semanas en las que empieza a embarcarse buena parte del stock destinado a Black Friday y a la campaña de Navidad.
La consecuencia práctica es que la misma mercancía que faltaba puede convertirse, de un día para otro, en un pico de fulfillment y de última milla que nadie había dimensionado con ese margen de tiempo. Un retraso marítimo no se queda en el puerto, se traslada al almacén, después al transporte y, al final, a la experiencia del cliente que espera su pedido.
Por eso, planificar agosto y septiembre no puede limitarse a esperar a que la mercancía llegue. Exige revisar fechas con proveedores y navieras, anticipar capacidad de transporte y almacén, y coordinar toda la cadena antes de que se produzca la llegada, no después. Las disrupciones logísticas no siempre se manifiestan como una parada visible, muchas veces llegan como todo lo que se había retrasado apareciendo a la vez, y esa acumulación es la que realmente pone a prueba a las operaciones.
Agosto no detiene la actividad de los puertos ni de los ríos que mueven mercancía por Europa. Tampoco debería detener la planificación de quienes dependen de esa mercancía para septiembre.
Carlos Zubialde
Carlos@informacionlogistica.com





