En la noche del domingo 11 al lunes 12 de octubre, un ciberataque alcanzó los sistemas de control remoto de la refrigeración de varias cadenas de supermercados en Francia. Según BFMTV, recogido por distintos medios, los atacantes activaron un programa de deshielo rápido que habría elevado la temperatura hasta unos 50 grados y echado a perder alimentos frescos y congelados, con pérdidas que se cifran en millones de euros, sin balance definitivo. No se ha identificado a los autores ni se conoce la atribución del ataque.
El alcance exacto no está muy claro, habría afectado al menos a 300 tiendas del grupo Mousquetaires (Intermarché y Netto), a unas 100 de Coopérative U y a unas 30 de Monoprix, mientras que otros medios hablan de cifras algo menores y mencionan también a Leclerc y, sin confirmar, a Carrefour. El ataque se califica de extrema gravedad, inédito e inaceptable, y los especialistas en refrigeración de las empresas afectadas trataron de rescatar productos para limitar el desperdicio. El Gobierno francés ha abierto una investigación y contacta con otros países de la UE por si hubiera afectados.
Lo que convierte el caso en una lección logística es dónde estaba el punto de entrada de los ciberataques, que, según algunas informaciones, el origen estaría en el proveedor de los equipos de refrigeración, la danesa Danfoss, y la investigación busca posibles fallos de seguridad en sus sistemas, algo que conviene tomar con cautela porque no todas las fuentes lo recogen y no hay confirmación oficial. De confirmarse, el patrón sería el que más preocupa a los expertos: no se ataca a cada supermercado uno por uno, sino a un proveedor común cuya tecnología conecta con muchos clientes a la vez.
Esa es la razón por la que la cadena de suministro se ha vuelto un objetivo atractivo para la ciberdelincuencia, que tiene un sistema donde cada eslabón depende de otros, desde el fabricante de equipos hasta el operador logístico, el almacén y la tienda, y un solo fallo en un proveedor se multiplica aguas abajo. En el frío, además, el margen de reacción es corto, porque una cámara que pierde temperatura durante horas convierte producto en residuo, y el daño no se arregla restaurando un servidor. El comisario europeo de Agricultura, Christophe Hansen, condenó el ataque, pidió más vigilancia y advirtió de que la instrumentalización de la alimentación ya es una realidad.
Los datos del estudio de CEL, ZLC y GMV sobre ciberseguridad en la cadena de suministro, presentado hace unos días en Madrid, describen justo esa brecha. El 78% de las organizaciones consultadas admite que un ciberataque a un proveedor logístico crítico afectaría directamente a su operativa, pero solo el 43% dispone de una estrategia formal de ciberseguridad para su cadena. El 48% no realiza auditorías periódicas a sus proveedores estratégicos y el 39% tendría menos de diez días de margen de tesorería ante una parada total. Son datos de una muestra de empresas españolas, no del caso francés, aunque describen el mismo riesgo.
Para el operador logístico, el transportista frigorífico o el cargador de producto fresco, el foco de seguridad tiene que ser muy concreto: cuáles de sus equipos de frío, sensores o plataformas se gestionan a distancia y quién los controla, qué requisitos de seguridad se exige a esos proveedores y qué plan existe si una cámara pierde el control, incluida la posibilidad de operar en manual y de documentar la cadena de temperatura para el seguro. Es un trabajo de inventario más que de tecnología, y suele quedar relegado hasta que ocurre un incidente.
Carlos Zubialde





