El transporte internacional por carretera llega a 2026 con una certeza incómoda: el modelo que ha sostenido al sector durante años ya no es suficiente. Las tendencias que se dibujan no apuntan a mejoras incrementales, sino a una transformación forzada por la regulación, la presión medioambiental, la escasez de talento y una digitalización que ya no admite retrasos. No es una cuestión de anticiparse al futuro, sino de sobrevivir al presente.

La descarbonización ha dejado de ser un discurso aspiracional para convertirse en una obligación operativa. Medir la huella de carbono, reportarla y reducirla no es solo una exigencia normativa, sino una condición comercial. El transporte internacional empieza a dividirse entre quienes pueden demostrar eficiencia energética y quienes quedarán fuera de determinadas cadenas de suministro. La transición hacia vehículos eléctricos o de bajas emisiones avanza más por imposición que por convicción, en un contexto donde la infraestructura y los costes siguen siendo barreras reales.

La digitalización total es el otro gran punto de no retorno. El uso de documentación electrónica, e-CMR y sistemas interoperables ya no es una ventaja competitiva, sino el mínimo exigible para operar en el mercado europeo. Aun así, muchas empresas siguen tratando la tecnología como un complemento y no como el núcleo del negocio. La incorporación de inteligencia artificial y automatización no responde a una carrera por la innovación, sino a la necesidad de gestionar un entorno cada vez más complejo, con más datos, más controles y menos margen de error.

Tampoco debemos de olvidar la escasez de conductores se ha convertido en el elefante en la habitación del transporte internacional. El sector lleva años posponiendo una reflexión profunda sobre condiciones laborales, atractivo profesional y renovación generacional. En 2026, ya no bastará con campañas puntuales o soluciones de emergencia. La formación de talento joven, la incorporación de mujeres y la captación de conductores internacionales son parches necesarios, pero no suficientes, si no se acompaña de un replanteamiento estructural del oficio.

A este escenario se suma una armonización regulatoria europea que, lejos de simplificar, añade nuevas capas de complejidad. El Paquete de Movilidad, los cambios en tiempos de conducción y descanso y la formación obligatoria incrementan la carga administrativa y operativa. La intención es clara: ordenar el mercado. El resultado, para muchas empresas, será una mayor presión sobre costes y una gestión más rígida, especialmente para quienes operan en el ámbito internacional.

Frente a este panorama, la intermodalidad y la logística colaborativa emergen más como necesidad que como estrategia. El transporte combinado carretera-ferrocarril, el uso de puertos secos y los modelos de cooperación entre operadores son respuestas a un sistema que ya no puede sostenerse de forma aislada, pese a que en países como España, el desarrollo del ferrocarril para mercancías sea casi testimonial. El transporte internacional tiende hacia redes compartidas, menos dependientes del camión puro y más integradas en flujos logísticos complejos.

Por último, la formación y el liderazgo se convierten en factores decisivos. El futuro del transporte internacional no se jugará solo en la cabina del camión, sino en la capacidad de los equipos directivos para entender regulación, tecnología, sostenibilidad y mercado como un todo. Sin liderazgo preparado, la transformación será caótica y reactiva.

En 2026, el transporte internacional por carretera no se enfrenta a un cambio de ciclo, sino a un cambio de reglas. Las empresas que sigan operando como si nada hubiera cambiado descubrirán demasiado tarde que el problema no era adaptarse al futuro, sino no haber entendido a tiempo que el futuro ya estaba aquí.

Carlos Zubialde

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