Hay una conversación que el sector del transporte lleva años evitando, quizás porque incomoda, o quizás porque toca demasiado de cerca ciertos hábitos que se han confundido con cultura de empresa. O porque continuar haciendo lo de siempre es lo más cómodo y sencillo.
El teletrabajo es, en el transporte y la logística, un tema casi tabú. Se acepta que un conductor no puede teletrabajar, lo que es una obviedad que nadie discute, y a partir de ahí se cierra el debate como si toda la industria viviera en la cabina de un camión.
No es así, y todos lo saben.
Detrás de cada empresa de transporte hay departamentos de administración, tráfico, atención al cliente, contabilidad, recursos humanos, comercial, o dirección que llevan a cabo su trabajo frente a una pantalla, con un teléfono y una conexión a internet. Perfiles que, en otros sectores, llevan años alternando la presencia en oficina con el trabajo desde casa sin que el negocio se haya desmoronado. En el transporte, sin embargo, el presentismo sigue siendo la norma casi sin cuestionarse.
Y ahora llega un argumento nuevo, o más bien uno que vuelve con más fuerza: el precio del combustible y la incertidumbre geopolítica que lo rodea. Se pide contención, se habla de ajustar rutas, de optimizar cargas, de reducir kilómetros en vacío, de revisar cada céntimo del coste operativo. Todo eso está muy bien y es necesario. Pero cuesta entender que en esa misma conversación no aparezca el desplazamiento diario de decenas de empleados de oficina como una variable que también se puede optimizar.
El argumento en contra suele ser el de siempre: "aquí necesitamos que la gente esté", "el transporte es un sector de relaciones", "si no les veo, no sé si están trabajando". Son frases que desmonta con precisión quirúrgica, y que en el fondo revelan más sobre el modelo de gestión que sobre la naturaleza del trabajo. Gestionar por presencia es cómodo. Gestionar por objetivos y en remoto exige definir qué es el éxito, y eso requiere un esfuerzo que no todas las organizaciones están dispuestas a hacer.
Lo cierto es que el teletrabajo no destruye la cultura de una empresa, la audita. Elimina el ruido y deja solo el resultado. Y para un sector acostumbrado a medir productividad en horas de presencia, ese espejo puede resultar incómodo, muy incómodo, sobre todo para ciertos directivos.
Hay también una dimensión práctica que va más allá de la filosofía de gestión: el coste real de los desplazamientos. Cada empleado que coge el coche cada mañana para ir a una oficina a hacer exactamente lo mismo que podría hacer desde casa está quemando combustible que hoy tiene un precio cada vez más imprevisible. Multiplicado por plantilla y por días laborables, no es una cifra pequeña que se tenga que despreciar, ni mucho menos.
El sector del transporte tiene razones suficientes, operativas, económicas y de coherencia, para abrir este debate sin más demora. La pregunta no es si el teletrabajo funciona. Es por qué cuesta tanto planteárselo.
Carlos Zubialde






