El transporte por carretera en Europa está entrando en una etapa distinta, esto es más que sabido por el sector, lo ve y siente día a día. No se trata de una única disrupción ni de una tendencia aislada, sino de varios cambios estructurales que empiezan a coincidir en el tiempo y que cada vez aparecen con más frecuencia en los debates del sector.

Esa sensación quedó patente durante el último Foro Nacional del Transporte organizado por AECOC, donde más de 400 profesionales analizaron los principales retos de la actividad. A lo largo de las distintas intervenciones y conversaciones informales apareció una idea recurrente: el marco operativo en el que ha funcionado el transporte durante las últimas décadas empieza a desplazarse lentamente hacia otro escenario.

Uno de los factores que más peso está teniendo en ese cambio es la escasez de conductores. El déficit supera los 30.000 profesionales en España y se sitúa por encima del medio millón en Europa. Más allá del problema laboral que supone para muchas empresas, la falta de capacidad disponible empieza a alterar el equilibrio tradicional entre oferta y demanda. Cuando los camiones escasean y las cargas siguen creciendo, el transportista empieza a recuperar margen de decisión sobre con quién trabaja y bajo qué condiciones.

A esta presión estructural se suma también la evolución normativa. La futura Ley de Movilidad Sostenible obligará a que el documento de control del transporte sea digital a partir de octubre de 2026. Para muchas compañías no será un simple cambio administrativo. La transición implica revisar procesos internos, integrar sistemas que hasta ahora funcionaban de forma independiente y empezar a gestionar información operativa de manera más estructurada.

Sin embargo, uno de los mensajes que más se repitió durante el foro fue que el principal obstáculo para la digitalización no suele ser tecnológico, el problema es la adopción de nuevos formatos. En muchas empresas del sector, el verdadero freno sigue siendo cultural. Las inercias operativas acumuladas durante décadas siguen condicionando la adopción de nuevas herramientas y, en más de una ocasión, el argumento dominante continúa siendo el mismo: “siempre lo hemos hecho así”.

Ese factor cultural se hace todavía más visible cuando el cambio exige coordinación entre varios actores de la cadena logística. Durante el encuentro se compartió el caso de una empresa que había logrado implantar el eCMR con sus transportistas, pero que seguía encontrando resistencia en los puntos de destino, donde continuaban solicitando el documento en papel. La tecnología estaba disponible, pero el sistema todavía no estaba preparado para asumirla de forma homogénea.

Mientras tanto, sobre el sector empiezan a converger varias transformaciones tecnológicas que hasta hace poco evolucionaban por separado. Electrificación de flotas, avances en conducción autónoma y digitalización de los procesos operativos forman parte de un mismo escenario que apunta a cambios profundos en la gestión del transporte durante los próximos años.

El transporte por carretera sigue siendo un sector muy fragmentado, con miles de pymes y autónomos que operan con márgenes ajustados y una fuerte presión de costes. Precisamente por eso, cada cambio regulatorio, tecnológico o laboral tiene un impacto directo sobre la forma en que se organiza la actividad.

Cuando varios de esos cambios empiezan a coincidir al mismo tiempo, el sector deja de evolucionar de forma gradual y comienza a entrar en una nueva fase. La cuestión que empieza a surgir en muchos foros profesionales no es si el transporte va a cambiar, sino qué empresas serán capaces de adaptarse antes a ese nuevo equilibrio.

Carlos Zubialde

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