Hay una contradicción difícil de explicar a la luz de distintos datos y encuestas realizadas a gestores de flotas en siete países europeos, y es que el 64% de los encuestados afirma estar menos preocupado por el robo de mercancías que hace doce meses, mientras que las pérdidas por este concepto han aumentado un 438% desde 2022. En España, ese porcentaje de despreocupación sube hasta el 69%, lo cual es ciertamente llamativo.
Los propios gestores reconocen haber sufrido una media de 29 incidentes relacionados con robo de carga en el último año, y aun así la percepción de riesgo baja. Esa combinación, más robos y menos alarma, es precisamente el escenario que más preocupa a quienes analizan la seguridad en las cadenas de suministro, porque una flota que normaliza las pérdidas deja de invertir en prevenirlas.
El estudio apunta a una brecha tecnológica que se está ampliando, y es que los métodos delictivos se han sofisticado de forma notable en los últimos años: fraude documental, suplantación de transportistas, explotación de vulnerabilidades en sistemas de seguimiento, robo con implicación de personal interno. Frente a eso, las flotas europeas no han respondido con la misma velocidad. La medida de seguridad más extendida sigue siendo la cámara, citada por el 27% de los encuestados, mientras que tecnologías con mayor capacidad preventiva, como el seguimiento de remolques en tiempo real, las alertas por sensores o la verificación de identidad de conductores, presentan tasas de adopción bajas.
Lo más revelador del informe es quizás otro dato: el 22% de los gestores encuestados reconoce que su única estrategia ante el robo de carga es el seguro. Es decir, no hay prevención ni plan de recuperación, solo reembolso. En España ese porcentaje baja al 20%, pero sigue siendo significativo. Este enfoque tiene un coste que va más allá de la prima: cada incidente genera tensión operativa, impacta en la relación con el cliente y, cuando se repite, termina trasladándose al precio del servicio.
El diagnóstico que podemos extraer de todos esos datos es que las flotas más grandes registran más incidentes, pero expresan menos preocupación, lo que refuerza una paradoja que tiene una lectura operativa clara: a mayor volumen, mayor tendencia a asumir el robo como un coste estructural del negocio en lugar de abordarlo como un riesgo gestionable.
Para este 2026 se espera que el riesgo se intensifique a medida que las redes de delincuencia organizada ganen escala transfronteriza, los márgenes del sector sigan estrechos y aseguradoras y reguladores aumenten el nivel de exigencia. Las flotas que no evolucionen desde estrategias reactivas hacia modelos basados en datos corren el riesgo de encontrarse en una posición cada vez más costosa y difícil de sostener.
Carlos Zubialde





