Desde que el conflicto con Irán y el bloqueo del Estrecho de Ormuz comenzaron a presionar los mercados de crudo, el gasóleo no ha bajado ni una sola semana en España, y la del 17 al 23 de marzo ha cerrado en 1,883 euros el litro, un 2,55% más que la anterior, con el barril de Brent rozando los 114 dólares en los mercados europeos. Diez semanas consecutivas al alza es una secuencia que ya no admite ser tratada como una turbulencia pasajera.

Que los precios actuales no hayan alcanzado todavía los máximos de julio de 2022 —cuando el gasóleo llegó a los 2,1 euros— es un dato real, pero no especialmente reconfortante para quien gestiona una flota, una empresa de transporte o negocia tarifas de transporte. La diferencia relevante respecto a aquel episodio no es el nivel, sino la duración: una subida brusca y corta es absorbible con reservas o ajustes puntuales; una escalada de diez semanas sostenidas cambia la base de costes sobre la que se calcularon los contratos vigentes.

La comparativa con Europa añade poco a la discusión operativa. Que la media de la UE se sitúe en 2,034 euros o que Francia y Alemania superen los 2,10 euros no alivia la presión sobre un transportista español cuyos competidores directos operan con los mismos costes en el mismo mercado. La ventaja relativa frente a otros países europeos no se traduce en margen adicional cuando la competencia es doméstica.

El fondo del problema vuelve a ser el mismo de siempre: la traslación del coste del combustible a las tarifas es lenta, conflictiva y desigual. Las cláusulas de revisión existen, pero su activación depende de una negociación donde el cargador suele partir con más poder, y donde el transportista, especialmente el autónomo o la micropyme, acaba absorbiendo semanas de diferencial antes de conseguir cualquier ajuste.

Para las empresas cargadoras, esta dinámica tiene un coste diferido que no siempre se calcula. Un proveedor de transporte que no puede repercutir el alza acaba ajustando por otro lado: en el mantenimiento, en la frecuencia de servicio o en la capacidad que pone a disposición del cliente. La cadena de suministro no es infinitamente elástica, y lo que no se reparte de forma transparente en el contrato termina apareciendo en otro punto.

Mientras la situación geopolítica en Oriente Medio no se estabilice, hay pocas razones para esperar una corrección relevante en el precio del crudo. Quien lleva diez semanas sin revisar sus estructuras de coste y sus acuerdos con clientes o proveedores tiene ya suficiente información para tomar una decisión.

Carlos Zubialde

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