La actual escalada de tensión en torno al Estrecho de Ormuz está generando una preocupación creciente en el sector logístico español, y así lo ha trasladado el presidente de UNO, Organización Empresarial de Logística y Transporte, al analizar las consecuencias que esta situación puede tener sobre la operativa internacional y los costes empresariales.

Ormuz no es un paso marítimo más. Por este corredor estratégico transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial, además de gas natural y mercancías industriales críticas para múltiples sectores productivos. Cualquier alteración en su funcionamiento impacta de forma inmediata en los mercados energéticos y, por extensión, en toda la cadena logística global.

Aunque no existe un cierre formal del estrecho, la reacción de Irán tras los últimos acontecimientos ha provocado una paralización práctica del tráfico. Buques fondeados a la espera de instrucciones, navieras que han suspendido operaciones en la zona y aseguradoras que han retirado coberturas de riesgo de guerra configuran un escenario de alta incertidumbre operativa. Sin necesidad de un bloqueo oficial, la navegación se ha visto seriamente condicionada.

Desde la presidencia de UNO se advierte que el incremento aproximado del 10% en los precios del petróleo y del gas tiene un efecto inmediato sobre los costes del transporte marítimo, terrestre y aéreo. El combustible continúa siendo uno de los principales componentes del coste logístico, por lo que cualquier repunte sostenido termina trasladándose a tarifas, recargos y revisiones contractuales.

A ello se suma la posibilidad de desvíos hacia rutas alternativas, con mayores tiempos de tránsito y consumo adicional de combustible. Si la situación se prolonga, puede producirse congestión en corredores secundarios que no están dimensionados para absorber tráficos extraordinarios de forma continuada. Las empresas que operan con inventarios ajustados o cadenas de suministro sensibles son especialmente vulnerables a este tipo de disrupciones.

El presidente de UNO subraya que el sector logístico español está activando mecanismos de adaptación, revisando itinerarios, reforzando la coordinación con operadores internacionales y ajustando la planificación para garantizar la continuidad del comercio. No obstante, insiste en que cada crisis añade presión sobre márgenes ya estrechos y exige una gestión más sofisticada del riesgo.

Más allá del impacto inmediato en los costes, la situación en Ormuz vuelve a evidenciar la dependencia estructural de la logística respecto a puntos críticos del comercio internacional. Las cadenas globales funcionan con altos niveles de eficiencia, pero también con una exposición significativa a eventos geopolíticos que escapan al control empresarial.

Desde UNO se hace un llamamiento a la prudencia y a la anticipación. Las compañías deben revisar sus políticas de aprovisionamiento, sus cláusulas de revisión de costes y sus planes de contingencia ante escenarios de volatilidad prolongada. La resiliencia no es un eslogan, sino una necesidad operativa que requiere planificación y capacidad financiera.

La evolución de los acontecimientos marcará la intensidad del impacto, pero el mensaje es claro: la logística vuelve a situarse en primera línea de una crisis internacional que puede alterar precios, plazos y equilibrios comerciales. La preparación y la gestión del riesgo serán determinantes para atravesar este nuevo episodio de inestabilidad.

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