Quien lleva años escuchando que el transporte por carretera va a reventar de tanta presión y tan poco margen se encuentra ahora ante algo que no esperaba: la escasez de capacidad está dando al transportista un poder de negociación que hacía tiempo que no tenía, o mejor dicho, la tenía pero no la ejercía con plenitud. No es un titular, es lo que está pasando en los despachos y en los patios de muchas empresas.
La demanda de transporte no ha bajado, más bien al contrario, y la flota disponible tampoco ha crecido al ritmo que necesitaría para cubrirla. El déficit de conductores —estructural, conocido, nunca del todo resuelto— se combina con una renovación generacional lenta y con la salida de operadores pequeños que dejaron el negocio en los últimos años sin que nadie los sustituyera. El resultado es una ecuación sencilla: más carga que camiones para moverla.
Y eso cambia las cosas de una forma bastante concreta, porque el transportista que hasta hace poco aceptaba cualquier condición para no perder un cliente empieza a tener otra conversación. Puede elegir. Puede rechazar un porte si no cuadra el precio, si la espera en carga es una ruina de horas o si el trato recibido en el pasado no justifica volver. Esto, que a muchos cargadores les puede sonar a provocación, es en realidad el mercado funcionando.
Donde se nota especialmente es en los departamentos comerciales, que están viviendo un reajuste que no habían experimentado en décadas. El transportista que antes tenía que vender, justificar y convencer ahora escucha propuestas y decide. Algunos cargadores, acostumbrados a negociar a la baja sobre una base de oferta abundante, descubren que sus condiciones habituales —tarifas apretadas, plazos de pago que estiran la normativa, ventanas de carga que no respetan el tiempo del conductor— ya no generan adhesión sino rechazo.
El fenómeno tiene algo de revancha, aunque probablemente sea más correcto llamarlo reajuste estructural. Los que mantuvieron relaciones razonables con sus proveedores de transporte, los que pagaron en plazo, los que respetaron los tiempos, tienen acceso a capacidad. Los que no lo hicieron empiezan a notar que sus llamadas generan menos respuesta de la esperada.
Lo que está por ver es si este momento favorable para el transportista se consolida o si es un ciclo más. La historia del sector tiene suficientes ejemplos de ventanas de oportunidad que se cerraron antes de que el mercado pudiera reequilibrarse de verdad. Pero mientras dure, la pregunta relevante ya no es cuánto cobra el camión, sino si hay camión disponible para el que quiera contratarlo.
Carlos Zubialde





