Un informe de la consultora internacional Global Data, titulado "Food in the Digital Age", cuantifica el impacto económico de la tecnología RFID en la gestión de inventarios de grandes empresas alimentarias: para compañías con inventarios valorados en torno a 93 millones de euros, la implementación de estos sistemas puede generar un ahorro anual de hasta 32,5 millones de euros, según sus propias cifras.
La diferencia operativa respecto al control manual es significativa. El conteo convencional alcanza una precisión aproximada del 85% y requiere alrededor de 80 minutos por revisión de inventario. Con RFID, la precisión sube al 99,9% y el mismo proceso se completa en 8 segundos. Más allá de la velocidad, el sistema permite reducir el período de almacenamiento de cuatro a tres semanas, lo que libera capital inmovilizado y mejora la rotación de producto fresco, un factor especialmente crítico en la cadena de frío.
La tecnología funciona mediante etiquetas de identificación por radiofrecuencia que permiten localizar y monitorizar productos en tiempo real a lo largo de toda la cadena, desde el almacén hasta el punto de venta. Esa capacidad de trazabilidad continua tiene aplicaciones directas en la gestión de caducidades: el sistema puede identificar automáticamente qué unidades están próximas a vencer y facilitar decisiones sobre descuentos, donación o retirada sin necesidad de revisión manual.
El desperdicio alimentario es uno de los problemas estructurales que esta tecnología aborda de forma más directa. Según datos de Coresight Research citados en el informe, el sector alimentario estadounidense pierde 16.000 millones de dólares anuales por este concepto, y el 30% de los excedentes en supermercados acaba en vertederos. En Estados Unidos, el uso de RFID en gran distribución alimentaria ya no es una tendencia emergente sino una práctica extendida.
La trazabilidad que ofrece el sistema también tiene relevancia ante alertas alimentarias. En caso de retirada masiva de producto, la capacidad de localizar en tiempo real cada unidad afectada a lo largo de la cadena reduce el tiempo de respuesta y acota el alcance del problema, dos factores con impacto directo tanto en costes como en reputación.
Para los operadores logísticos y los responsables de supply chain en el sector alimentario, la pregunta relevante no es si la tecnología funciona, sino en qué punto de la cadena tiene más sentido implantarla primero y qué infraestructura de lectura requiere cada entorno, ya que el coste de despliegue varía considerablemente según el tipo de instalación y el volumen de referencias gestionadas.
Carlos Zubialde





