Los robos de mercancía en el transporte no son un fenómeno nuevo en Europa, pero los últimos datos disponibles muestran una tendencia que empieza a preocupar seriamente al sector logístico. Según las cifras recopiladas por la Transported Asset Protection Association EMEA (TAPA EMEA), España ocupa ya la tercera posición entre los países europeos con mayor volumen de robos de carga registrados en 2025.

No se trata de un dato aislado ni de un episodio puntual. Las estadísticas que maneja el sistema de inteligencia de TAPA reflejan un incremento sostenido de este tipo de delitos en toda la región EMEA, con cientos de incidentes registrados cada mes. Solo en mayo de 2025 se notificaron 341 robos de mercancías en 30 países, con pérdidas confirmadas cercanas a los seis millones de euros, aunque el valor real probablemente sea mayor porque muchos incidentes no incluyen estimación económica.

España aparece de forma recurrente entre los países más afectados, junto a grandes mercados logísticos como Alemania, Italia o Reino Unido. El volumen de operaciones de transporte, la posición geográfica como puerta de entrada al sur de Europa y la intensidad del tráfico internacional convierten al país en un entorno especialmente expuesto para este tipo de criminalidad.

El problema, sin embargo, no se limita al número de incidentes, porque la naturaleza de los robos está cambiando también. Las bandas especializadas ya no se centran únicamente en el robo oportunista o puntual en áreas de descanso o aparcamientos poco vigilados. En los últimos años han aparecido métodos mucho más sofisticados, desde el asalto directo a camiones hasta la suplantación de empresas de transporte para retirar mercancía directamente en el punto de carga.

Este último fenómeno empieza a preocupar especialmente a cargadores y operadores logísticos por su sofisticación e impacto que está teniendo. Mediante el uso de correos electrónicos falsificados, empresas pantalla o documentación manipulada, los delincuentes consiguen hacerse pasar por transportistas legítimos y recoger la mercancía sin levantar sospechas. En muchos casos, el fraude solo se detecta días después, cuando la carga nunca llega a su destino.

El impacto económico directo es evidente, pero las consecuencias operativas van mucho más allá del valor de la mercancía sustraída. Cada incidente implica interrupciones en la cadena de suministro, retrasos en entregas críticas y costes adicionales para cargadores, aseguradoras y operadores logísticos. Además, el aumento del riesgo obliga a reforzar medidas de seguridad, lo que incrementa los costes operativos del transporte.

Otro elemento que aparece de forma recurrente en los análisis del sector es la vulnerabilidad de determinados puntos de la red logística. Las áreas de estacionamiento en autopistas, los centros logísticos periféricos o las zonas con menor vigilancia se convierten en puntos críticos donde los robos se concentran con mayor frecuencia, pese a ser un clamor sectorial el aumento de las zonas seguras de aparcamientos para los camiones y sus conductores.

La cuestión de fondo es que el crecimiento del comercio y del transporte internacional está ampliando el volumen de mercancías en circulación mucho más rápido que las infraestructuras de seguridad que deberían protegerlas. España es un nodo logístico clave en Europa, y precisamente por esa condición también se convierte en un objetivo atractivo para redes criminales especializadas.

El reto no es solo reducir las cifras de robos, sino adaptar el sistema logístico a una realidad donde la seguridad ya forma parte de la operativa diaria. Porque cuando un país se consolida entre los principales puntos de riesgo del continente, la pregunta deja de ser si habrá nuevos incidentes y pasa a ser cuándo y dónde se producirán los siguientes, aunque la lista de lugares preferidos por los ladrones ya sea de sobra conocida en España.

Carlos Zubialde

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