Durante años, el coste por kilómetro se ha tratado en el transporte como una cifra rápida, casi intuitiva dentro del día a día. Es una cifra, un número que se menciona en conversaciones comerciales, se compara entre operadores o se utiliza para aceptar —o rechazar— un servicio. Sin embargo, esa aparente simplicidad es una de las principales trampas de la gestión logística que determina si un camión gana o pierde dinero.

Un camión no consume únicamente gasóleo, aunque sí, es la principal partida de costes. Detrás de cada kilómetro recorrido existe una estructura de costes compleja que combina partidas fijas y variables, muchas de ellas invisibles en el corto plazo pero decisivas para la rentabilidad del negocio. La amortización del vehículo, los seguros, los impuestos, los salarios de los conductores, el mantenimiento preventivo o la gestión administrativa forman parte de los costes fijos que se generan incluso cuando el camión está parado. A estos se suman los costes variables: combustible, peajes, neumáticos, reparaciones imprevistas, desgaste mecánico y todos aquellos gastos que dependen directamente del uso del vehículo.

El error habitual está en reducir el cálculo del coste por kilómetro al consumo de combustible. Es una visión parcial que distorsiona la realidad económica de la operación. Un trayecto puede parecer rentable si se analiza únicamente el gasto en gasóleo, pero convertirse en deficitario cuando se imputan correctamente el resto de costes asociados al servicio.

Calcular el coste real por kilómetro implica sumar todos esos elementos y repartirlos de forma coherente entre los kilómetros efectivamente recorridos. Solo entonces aparece la cifra que de verdad importa: la que permite saber si una tarifa cubre costes, genera margen o, por el contrario, está erosionando silenciosamente la cuenta de resultados.

Este dato no es solo una referencia contable, es una herramienta estratégica para la empresa de transporte. A partir del coste real por kilómetro se toman decisiones clave: qué precios ofrecer a los clientes, qué rutas son realmente eficientes, qué tipo de servicios conviene priorizar, cuándo renovar la flota o qué camiones están penalizando la rentabilidad global. Sin esta información, la toma de decisiones se basa en intuiciones que rara vez resisten un análisis detallado.

En logística y transporte, el margen es estrecho y los errores se pagan rápido. Operar con estimaciones “a ojo” puede funcionar durante un tiempo, pero tarde o temprano el margen desaparece, y el negocio entra en un serio peligro. Y cuando eso ocurre, el problema no suele estar en el volumen de trabajo, sino en no haber entendido cuánto costaba realmente mover cada kilómetro.

Saber el coste real por kilómetro no es una obsesión financiera ni un ejercicio académico, es una condición básica para la sostenibilidad del negocio. En un sector como el transporte donde cada céntimo cuenta, conocer esa cifra marca la diferencia entre competir con criterio o trabajar sin saber exactamente a qué precio se está vendiendo el propio servicio.

Carlos Zubialde

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