Un informe de Freight Perspectives publicado esta semana relaciona dos fenómenos que, por separado, ya eran preocupantes: la escalada bélica en Oriente Medio y las quiebras de empresas de transporte en Europa. Juntos, apuntan a una conclusión incómoda para el sector: la capacidad de la flota pesada europea lleva meses encogiéndose, y las condiciones actuales no invitan precisamente a revertirlo.
La caída de capacidad respecto a la misma semana del año pasado es de siete puntos, según el análisis. No es un dato aislado, sino la expresión de una tendencia que se ha ido consolidando y que ahora encuentra nuevos argumentos para agravarse. La quiebra de la filial francesa del Grupo Ziegler, con el cierre de varias instalaciones, es el ejemplo más reciente de cómo la presión financiera acumulada termina por romper estructuras que parecían sólidas, muy sólidas, pero que terminan por caer. Y cuando cae una empresa de ese tamaño, la capacidad que desaparece no se recupera de un trimestre para otro.
El problema de fondo, sin embargo, no es solo la salida de operadores del mercado, es que quienes quedan tienen cada vez más dificultades para invertir en flota nueva, y eso tiene consecuencias directas sobre la capacidad disponible a medio plazo. El precio del gasóleo sigue siendo el principal lastre. Con márgenes tan ajustados como los que soporta el transporte por carretera, la liquidez para acometer una renovación de vehículos sencillamente no existe en muchas empresas. Y si no hay inversión, los camiones envejecen, los costes de mantenimiento crecen y la operativa se complica.
A eso se suma un factor nuevo, aunque ya anticipado en este medio: el impacto de la situación en Oriente Medio sobre el precio del combustible. Una eventual escalada del conflicto con Irán presionaría al alza el precio del barril, lo que añadiría más tensión a una tesorería del sector que ya opera al límite. El escenario que se dibuja no es de colapso inmediato, pero sí de un estrechamiento progresivo de la capacidad que los cargadores van a notar, y que muchos ya están notando.
La paradoja es llamativa: el sector lleva años recibiendo presión regulatoria para acelerar la transición energética de su flota, con plazos marcados desde Bruselas y exigencias de reducción de emisiones que no admiten mucha demora. Pero renovar una flota hacia tecnologías alternativas, ya sea eléctrico, hidrógeno o GNL, requiere inversión que ahora mismo no está al alcance de la mayoría de pymes de transporte. La incertidumbre geopolítica y el encarecimiento del combustible no han llegado en el mejor momento para pedir a las empresas que cambien sus camiones.
Lo que queda es una pregunta sin respuesta fácil: ¿quién va a cubrir la capacidad que se está perdiendo? Los cargadores que durante años priorizaron el precio sobre la relación con sus proveedores de transporte son los primeros en descubrirlo. La disponibilidad siempre ha sido el activo más silencioso del sector, y ahora que escasea, su valor empieza a hacerse visible, muy visible.
Carlos Zubialde






