Durante años, el debate sobre sostenibilidad en la cadena de suministro ha estado dominado por los procesos de producción. Las materias primas, las condiciones laborales en origen o el impacto ambiental de la fabricación han ocupado la mayor parte de la atención. Sin embargo, a medida que las empresas comienzan a medir de forma más rigurosa su huella ambiental, la logística y el transporte están entrando en el foco de ese análisis.
Una de las señales de este cambio procede de herramientas tecnológicas que han comenzado a desarrollarse en sectores especialmente expuestos al escrutinio ambiental, como la industria de la moda. BCome, Startup nacida en Barcelona en 2019, trabaja precisamente en esa dirección: transformar productos y procesos en datos que permitan evaluar su impacto ambiental y social a lo largo de toda la cadena de suministro.
Aunque su implantación inicial ha estado muy vinculada a sectores como el textil, donde la trazabilidad ambiental empieza a ser una exigencia regulatoria y de mercado, la lógica de la plataforma tiene implicaciones directas para el transporte y la logística. El movimiento de mercancías entre proveedores, centros productivos y mercados finales forma parte esencial de ese cálculo. Distancia recorrida, modo de transporte utilizado, consolidación de cargas o eficiencia de las rutas pasan a formar parte de la medición del impacto de un producto.
El principio es relativamente simple, aunque sus implicaciones operativas son profundas, como se puede observar viendo los resultados. Cada producto tiene una historia completa que incluye materiales de origen, procesos de fabricación, proveedores y transporte. Convertir esa cadena en datos medibles permite identificar dónde se concentran los mayores impactos ambientales y qué decisiones pueden reducirlos.
Hasta ahora, gran parte de ese análisis se ha centrado en la producción industrial, pero la evolución regulatoria en Europa, junto con la presión de los propios consumidores, está ampliando el alcance hacia todas las fases del ciclo de vida del producto, incluida la logística. El transporte, que conecta cada eslabón de la cadena, deja de ser un elemento invisible para convertirse en una variable medible, que tiene que ser incluida, claro está, en la medición completa.
Desde el punto de vista logístico, herramientas de este tipo anticipan una transformación relevante: el transporte dejará de evaluarse únicamente por su coste y su tiempo de tránsito para convertirse también en un factor cuantificable dentro del impacto ambiental global de una cadena de suministro. Cuando las empresas empiecen a medir con precisión ese dato, la logística no solo será una cuestión operativa, sino también un elemento estratégico dentro de la sostenibilidad real de los productos que se mueven por el mercado.
Pero toda esta transformación tiene consecuencias directas para el sector logístico. Si una empresa comienza a medir el impacto completo de un producto, inevitablemente tendrá que cuantificar también el impacto del movimiento de mercancías entre fábricas, almacenes y mercados. Datos como las distancias recorridas, tipo de transporte utilizado, eficiencia de las rutas o nivel de ocupación de los vehículos empezarán a formar parte del cálculo, para lo bueno y no tan bueno.
La tendencia apunta a que las cadenas de suministro tienen que ser mucho más transparentes. En la práctica, esto significa que cada decisión logística tendrá un reflejo en indicadores ambientales que las empresas deberán reportar. Las emisiones asociadas al transporte, por ejemplo, forman parte de lo que se conoce como emisiones indirectas de alcance tres, que en muchas compañías representan la mayor parte de su impacto climático.
Para los operadores logísticos y empresas de transporte, esto supone un cambio de perspectiva, pese a que muchos de ellos todavía no han puesto el foco en ello. Durante décadas, la competitividad del transporte se ha medido principalmente en tiempo y coste. En los próximos años, esos dos factores seguirán siendo relevantes, pero comenzarán a convivir con una tercera variable: la trazabilidad del impacto ambiental.
No se trata únicamente de incorporar vehículos eléctricos o combustibles alternativos. La cuestión es más amplia y afecta a la forma en que se planifican las redes logísticas. Consolidación de cargas, optimización de rutas, reducción de kilómetros en vacío o elección de modos de transporte con menor huella de carbono son decisiones que pueden alterar significativamente el impacto final de un producto.
La logística, que durante años ha operado en segundo plano dentro del debate ambiental, empieza a ser observada con una precisión mucho mayor. Cuando cada producto lleva asociado un registro detallado de su impacto, el transporte deja de ser una simple fase intermedia para convertirse en una parte visible del problema… y también de la solución.
Carlos Zubialde
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