El transporte y la logística han cerrado 2025 con un incremento significativo de sus costes laborales, una evolución que, lejos de ser puntual, empieza a consolidarse como una presión estructural sobre las cuentas de las empresas del sector, toda una mala noticia que se añade a unos difíciles tiempos.

Según los últimos datos del INE, el coste laboral por trabajador y mes se sitúa en 3.633,98 euros en el cuarto trimestre del 2025, con un crecimiento del 6,2% interanual y, lo que resulta más relevante, un aumento del 7,6% respecto al trimestre anterior. No es solo una subida, es una aceleración clara en muy poco tiempo.

Si se compara con el conjunto de la economía española, donde el coste laboral crece un 3,8% anual, el diferencial es evidente, hablamos de que casi se duplica el coste. El transporte y almacenamiento no solo suben, lo hacen a mayor ritmo que el resto de sectores, lo que introduce un desajuste competitivo difícil de trasladar al mercado, marcado además por otros problemas como la falta de nuevos profesionales que se quieran incorporar al sector.

El detalle por segmentos confirma que no se trata de un comportamiento aislado. El transporte terrestre, núcleo del sistema logístico, supera los 3.500 euros por trabajador al mes, mientras que actividades como almacenamiento se acercan a los 4.000 euros. Incluso en áreas tradicionalmente más contenidas, como el ámbito postal, la tendencia sigue siendo al alza, aunque con menor intensidad.

Más allá de las cifras, lo que realmente condiciona la operativa es la composición de ese coste, porque el salario ordinario mantiene el mayor peso, pero las cotizaciones obligatorias y otros costes asociados siguen empujando al alza el coste total por empleado. Es un crecimiento que no depende únicamente de decisiones empresariales, sino de un entorno regulatorio y laboral que incrementa la carga de forma sostenida.

El problema no es tanto que los costes suban, algo esperable en un contexto inflacionario, sino la dificultad real para trasladarlos. El sector lleva tiempo operando en un mercado donde los clientes, especialmente grandes cargadores, muestran una resistencia creciente a aceptar revisiones de tarifas, incluso en escenarios donde los incrementos de costes son evidentes y sostenidos.

Esto genera una tensión cada vez más visible en la cuenta de resultados para las empresas del sector. Mientras los costes laborales aumentan trimestre a trimestre, los ingresos permanecen en muchos casos estancados o sujetos a negociaciones constantes. La consecuencia es conocida: reducción de márgenes, ajustes operativos y, en algunos casos, renuncia a determinados servicios o clientes que dejan de ser viables.

Además, introduce un riesgo añadido en términos de estructura empresarial. Las grandes compañías pueden absorber mejor estos incrementos a corto plazo, pero para pymes y autónomos, que operan con menor capacidad financiera, el impacto es mucho más inmediato. El coste laboral deja de ser una variable más para convertirse en un factor crítico de supervivencia.

En paralelo, el sector sigue afrontando problemas estructurales como la falta de conductores y de personal operativo, así como la necesidad de mejorar condiciones laborales para atraer talento. Esto empuja en la misma dirección: mayores costes en un mercado que no termina de acompañar.

La fotografía es clara, muy incómoda, pero clarificadora: el transporte y la logística están asumiendo incrementos de costes que no siempre encuentran reflejo en el precio del servicio, lo que erosiona progresivamente la rentabilidad del sistema y de las empresas. La cuestión que queda abierta no es si los costes seguirán subiendo, sino cuánto tiempo puede el sector seguir absorbiéndolos sin que eso termine por trasladarse, de una forma u otra, al propio funcionamiento de la cadena logística.

Carlos Zubialde

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